Al leer los relatos de mi madre, sentí que en ellos está escrita la historia de tantos habitantes de
esta tierra, de tantos inmigrantes.
Mamá cuenta sus esperanzas, sus sueños, sus esfuerzos. También, sus miedos y los horrores de los que huyeron ella y su familia y tantos otros. Recuerda sus tristezas y sus alegrías.
En Mendoza, provincia de la República Argentina, la gastronomía italiana se instaló de la mano de mi abuela, Fernanda Torresi de Corradini, “la Nonna Fernanda”. Ella llegó a esta tierra
con sus hijos y su valentía, en 1948. Su trabajo y
su constancia permitieron que hoy seamos sinónimo
de ristorante italiano.
Muchas veces pienso en la Nonna y en el largo
recorrido de mi familia. Y siempre que pienso en
la vida de un inmigrante, lo hago especialmente
pensando en mi madre, María Teresa. En la vida
de una persona que se fue de su casa, de su pueblo,
de su mundo, en busca de otro mundo y otro
porvenir. De su desarrollo profesional, personal,
también en busca de paz.
Es difícil, y a la vez apasionante, ser hijo de inmigrantes.
Emociona ver cómo se mezclan las distintas costumbres. La cultura que significa hacer
la comida de todos los días desde hace más de medio
siglo. Desde que tengo uso de razón, oigo las
voces del restaurante, las risas, el sonido de los cubiertos,
los platos, las copas… “la 31 quiere la
cuenta”, “aquel señor te está llamando”, “la
35…”. Así han pasado las horas, los días, los años.
Cuando la Nonna Fernanda y María Teresa
llegaron a Mendoza, no era común encontrar un
comedor que sirviera pasta casera. En todos estos
años, mi madre ha abierto más de diez restaurantes
en Mendoza, entre ellos La Marchigiana,
La Strada del Sole, Las Pastas, Via Veneto,
Vecchia Roma, La Cantina Della Nonna Fernanda,
Farinatta, Francesco… |
Ella transcurre las horas marcando sus pasos alrededor de una cocina, dirigiendo, esperando a los clientes. Cuando llegan, ella los saluda y, con
cariño, los acompaña y percibe cómo se sienten.
Es toda una vida de trabajar, y de sentirse feliz si
ellos se van satisfechos. Siempre nos dice: “Atender
a la gente es una profesión. Cada día tenemos
una cita diferente con cada cliente. Tratar
con personas es como palpar una tela suave: a todos
hay que tratarlos muy bien, pero no a todos
de la misma manera. Simplemente porque cada
persona es diferente”.
De pronto, cuando tenía 9 años, descubrí que
mi madre intentaba que los días tuvieran más horas,
para incluir otra actividad en su vida: escribir.
Cuando me levantaba a desayunar, ya la mesa
estaba llena de papeles y mi madre sumergida en
ellos. Y pensaba “cuánto le debe gustar escribir y
leer, que le quita horas al descanso”. Aprendí, entonces,
que cuando se ama, se pierde la noción del
tiempo y del cansancio, porque se descansa en el
disfrute de realizar. Así que mi madre, además de cocinera (hoy decimos “chef ”) es escritora.
Este libro lo escribió María Teresa en homenaje
a su madre, nuestra Nonna. Todos en la familia,
cada uno a su modo, la acompañamos en este
nuevo y maravilloso objetivo que es publicar un
libro con recetas y con relatos entrañables: su marido
y nuestro padre, Francesco, y nosotros, sus
hijos, Santina, Angelo, Beatriz, Joaquín, Fernando,
María Luisa y Bernardina.
Cada día nos sorprende comprobar que la semilla que estas dos mujeres plantaron continúa germinando generación tras generación.
Beatriz Barbera
Julio de 2007 |